Entrevistas & Reportajes

Entrevista a Irma Mora, epigrafista y codirectora de la Cátedra Cultural de Estudios Bereberes de la Universidad de La Laguna

1- Para quien no conozca a Irma Mora, ¿quién eres? y, ¿de dónde eres?

R. Soy una lagunera de 39 años con una curiosidad insaciable por el pasado canario. Ello me empujó a estudiar la licenciatura en Historia (ULL), un máster de Arqueología (ULL-ULPGC) y, recientemente, a escribir una tesis doctoral sobre la escritura de los aborígenes canarios, titulada La contextualización arqueológica y epigráfica de las inscripciones líbico-bereberes de El Hierro. Asimismo, también fui miembro fundador del Aula de Cultura Amazigh y de la actual Cátedra Cultural de Estudios Bereberes, instituciones culturales de la Universidad de La Laguna.

2- ¿Cómo surge tu interés por los estudios bereberes?

R. Desde pequeña me llamó la atención la historia antigua y la arqueología, aunque el detonante de este entusiasmo por nuestro pasado surgió cursando 7.º de EGB, a raíz de unas clases que recibí sobre historia de Canarias. Ahí me enganché y empecé a leer todos los libros divulgativos sobre los guanches que mi padre me regalaba.

Más tarde, durante la adolescencia, solía ir a la biblioteca del instituto a consultar el diccionario Teberite y devoraba sin filtro todo lo relacionado con el tema. Mi pasión era tal, que escribía en neo-tifinagh mis secretos de juventud en las agendas (todavía conservo algunas). Supongo que, en aquel entonces (finales de los 90), había un ambiente propicio para esta fiebre identitaria entre los jóvenes.

En el año 2000 comencé mi licenciatura de Historia en la Universidad de La Laguna, cursando todas las asignaturas relacionadas con la arqueología, la historia de Canarias y de África. A diferencia de ahora, que solo se imparte una asignatura anual sobre historia de África, en aquel entonces había muchas. Sin embargo, en todas estas materias apenas se aludía a la lengua y a la escritura de los antiguos isleños. Además, a menudo, se denominaba prehistoria a nuestro periodo preeuropeo, consideración a todas luces anacrónica, que revela un profundo sesgo etnocentrista (a veces inconsciente). No llegaba a entender cómo se podía seguir difundiendo esta concepción tan desfasada de nuestro pasado, menos aun cuando la filóloga y epigrafista Renata Springer demostró en su tesis (1994) la autoría aborigen de las inscripciones líbico-bereberes de Canarias.

En definitiva, a partir de todas estas carencias, surgió en el seno estudiantil la necesidad de crear un espacio dedicado a los estudios bereberes en la Universidad de La Laguna. A partir de entonces, fundamos el Aula de Cultura Amazigh (2010), que evolucionó hacia la Cátedra Cultural de Estudios Bereberes (2012), ambas adscritas al antiguo Vicerrectorado de Universidad y Sociedad (hoy denominado Vicerrectorado de Cultura, Participación Social y Campus Ofra y La Palma). Fue una batalla muy dura, ya que existían importantes prejuicios políticos dentro y fuera de la comunidad universitaria, contra los que hubo que luchar durante siete años antes de ver materializado nuestro deseo. Finalmente, se nos sumaron los profesores de Historia y de Filología, de manera que el Vicerrectorado acabó cediendo ante esta necesidad.

3- Sobre el proyecto Tejeleita, donde se estudian seis yacimientos del NE de El Hierro, ¿nos podrías hablar de ese trabajo?

R. Este proyecto correspondía a mi trabajo de fin de máster. Para llevarlo a cabo, investigué los yacimientos situados en el cauce del Barranco de Tejeleita y en su desembocadura: La Playa de La Caleta. Los yacimientos ubicados en este barranco son representativos de la arqueología nororiental de El Hierro, siendo esta franja de la isla donde se concentran las inscripciones líbico-bereberes. Además de documentar las inscripciones y otras manifestaciones rupestres, prospecté todo el entorno del barranco, con el fin de comprobar si existían otras evidencias arqueológicas vinculadas a los grabados. Finalmente, complementé la arqueología de campo con entrevistas etnográficas y toponímicas, en las que participaron decenas de personas mayores de Valverde. Esta labor me permitió conocer los usos tradicionales del barranco de Tejeleita, muy vinculados a la recolección de agua, la ganadería de suelta, la agricultura de subsistencia, la pesca y el marisqueo, actividades básicas que, muy probablemente, se han desarrollado sin solución de continuidad desde época aborigen.

A través de este estudio, comprendí que los antiguos herreños preferían escribir en lugares públicos donde se congregaban para desarrollar su actividad cotidiana. En efecto, las inscripciones se sitúan en paredes exteriores de cuevas habitacionales, en las cercanías de los caminos tradicionales y en lugares donde abundan los recursos hídricos (fuentes, charcos y rezumaderos). Así pues, todas las evidencias señalan que existía un conocimiento generalizado del alfabeto entre la población bimbape. En este sentido, es necesario aclarar que se trata de una tendencia general entre las sociedades antiguas. Sin embargo, a menudo se confunde el uso social de la escritura alfabética, cuyo reducido inventario de signos favorece un rápido aprendizaje, con el de otros sistemas más complejos, como el silábico o el logográfico, cuyo inventario es mucho mayor. En este último caso, su conocimiento normalmente estaba restringido a una élite, tal y como sucedía con la escritura sumeria o la jeroglífica egipcia. No obstante, el código reducido del alfabeto y la gran versatilidad que ofrece al representar las unidades mínimas de la lengua (los fonemas), favorecen su popularización. De hecho, gran parte de las escrituras del Mediterráneo descienden (directa o indirectamente) de la fenicia precisamente porque se trataba de un alfabeto. Ello permitió su gran difusión e inmediata adaptación a diferentes lenguas, dando lugar a nuevos alfabetos, como el griego, el latino y, por supuesto, el líbico-bereber.

4- ¿Existe aún conectividad en el día a día entre la actual población y nuestros antiguos pobladores?

R. El abundante léxico de origen guanche que conserva el español de Canarias, especialmente numeroso en el campo de la onomástica, da fe, junto a los estudios genéticos, de que un importante contingente de población aborigen sobrevivió a la Conquista, adaptándose a la nueva sociedad colonial. Al margen de este hecho histórico, si se hubiese dado el caso hipotético de que no existiera ningún vínculo entre los antiguos canarios y los actuales, tendríamos igualmente la obligación de proteger, estudiar y difundir su legado, pues es de suma importancia para conocer la historia antigua de nuestro archipiélago, de África y del mundo en general.

5- Sobre tu último trabajo, donde has transcrito 114 inscripciones líbico-bereberes presentes en El Hierro, ¿nos puedes hablar del proceso que te llevó ese proyecto?

R. A lo largo de los diez años que invertí en realizar mi tesis doctoral (por cierto, sin ningún tipo de financiación institucional, ni beca, pese a estar en paro y ser madre desde que comencé), seguí los siguientes pasos: a) estudiar una amplia bibliografía especializada en varios idiomas sobre epigrafía, arqueología, lingüística, historia de Canarias y del norte de África; b) realizar prospecciones en yacimientos arqueológicos líbico-bereberes situados en El Hierro y Túnez (en estado de alerta por terrorismo en ese momento); y c) integrar y comparar en una base de datos geográfica las 114 inscripciones herreñas con otras 1.389 continentales situadas en 429 yacimientos de Libia, Túnez, Argelia, Marruecos y Sáhara occidental, que reflejaban cinco alfabetos líbico-bereberes distintos, correspondientes a la Antigüedad y el Medievo.

El último paso fue el más complejo, pues tuve que ubicar y contextualizar históricamente todos los yacimientos. Seguidamente, analicé los 18.535 signos de las inscripciones, estudiando sus variantes, frecuencias y posición, que nos ofrecían pistas sobre su valor fonológico y morfológico (afijos de género, número, persona, etc.). Por último, tras los resultados obtenidos a partir del estudio estadístico y epigráfico, analicé el comportamiento de estos grafemas desde la gramática del bereber, constatando que las inscripciones herreñas reflejaban una variedad emparentada con los dialectos meridionales de esta lengua. Paralelamente, identifiqué ciertas categorías gramaticales, como preposiciones, adverbios, pronombres, etc., así como una serie de morfemas verbonominales característicos de la antroponimia (nombres de personas) y etnonimia (gentilicios) libio-bereberes.

En conclusión, gracias a este estudio hoy sabemos que los aborígenes canarios que usaban esta escritura procedían de la periferia meridional norteafricana, concretamente de la franja comprendida entre el sur de Marruecos y el Sáhara occidental. Emplearon una variedad alfabética líbico-bereber tardía, que arribó a las Islas tras el cambio de era, coincidiendo precisamente con la mayoría de dataciones más antiguas de Canarias.

6- Para la gente que no sabemos sobre la escritura líbica, ¿nos podrías contar en qué consiste?

R. El término líbico-bereber define una escritura fonológica norteafricana empleada desde finales del I milenio a. C.(alfabetos líbicos) hasta la actualidad (alfabetos tifinagh o tuaregs). Su dilatada historia y su amplia distribución geográfica han favorecido la aparición de diversos alfabetos, resultantes de la adaptación a las variedades lingüísticas de sus usuarios, a los soportes en que se inscriben y a las funciones sociales desempeñadas. La escritura líbico-bereber, al igual que la lengua homónima, ha vertebrado, durante aproximadamente dos milenios y medio, a poblaciones norteafricanas muy diversas en lo genético, lo sociopolítico y lo económico. Por lo tanto, la escritura y la lengua han constituido el marcador étnico bereber por excelencia. Así, se sabe que llegaron bereberes a Canarias por su lengua y escritura, siendo la atribución cultural del resto de evidencias más discutible.

7- ¿Crees que las instituciones públicas, ayuntamientos, cabildos y Gobierno de Canarias deberían invertir más en recuperar, preservar y difundir nuestro legado bereber?

R. Por supuesto. Dudo mucho que en Canarias haya demasiada gente dispuesta a costearse diez años de investigación de su bolsillo, como he hecho yo. En este sentido, considero que el estudio de esta importante parcela no debería seguir dependiendo de proezas individuales como las que también llevaron a cabo algunos de mis predecesores, como la doctora Renata Springer o el célebre investigador austriaco D. J. Wölfel. Esta actitud de indiferencia hacia nuestras manifestaciones lingüísticas no hace sino provocar el retraso en la investigación y el auge del diletantismo y la charlatanería. Por este motivo, creo que las instituciones patrimoniales y académicas canarias deberían involucrarse muchísimo más en los estudios que abordan la relación lingüística e histórica con el norte de África, abarcando todas las disciplinas. El panorama actual es realmente desolador para los especialistas en la lengua y escritura de los antiguos canarios, a pesar de que se trate de aspectos ineludibles a la hora de profundizar en el conocimiento de esta etapa histórica. Se corre el riesgo de que se pierda el largo camino recorrido en esta disciplina, desde que la fundara Georges Glas en el s. XVIII. ¿Qué se sabría de civilizaciones como la egipcia, la griega o la romana si se ignoraran sus testimonios lingüísticos, como se hace hoy en Canarias a la hora de abordar el pasado aborigen? Seguramente, una ínfima parte muy sesgada por nuestra visión del mundo contemporáneo. Porque las lenguas, en definitiva, lo que nos ofrecen es eso: la visión del mundo de sus hablantes.

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